Por Benjamín Fernández Bogado 

Periodista paraguayo - Especial para LA GACETA

La muerte conmueve a todos y mucho más a una sociedad conservadora como la nuestra. Toda explicación racional se enfrenta a un remolino de interpretaciones donde la más enrevesada o complicada resulta la más creíble.

La muerte de Lino Oviedo en un accidente aéreo abre de nuevo el mito que rodea a personajes como el fallecido. Siempre en el borde de lo "políticamente correcto" y varias veces más allá del mismo. Incómodo en las restricciones de la ley y provocando reiteradamente a una sociedad pobre en recursos pero rica en promesas. ¿Quién no recuerda aquella frase de campaña "ñande (nosotros) rico pata" o burlándose de quienes ocasionalmente se encontraban en la vereda opuesta? Nada era para él tan absoluto más que la tozuda intención de alcanzar un poder para el que se preparo toda la vida y, al igual que todos en esta tragedia política nacional, no llegó. Admirado y odiado por igual, pero parte de una escena democrática pobremente representada.

Oviedo sabía que no llegaba más a la Presidencia en este 2013 y sentía, por sobre todo, cómo la misma traición que aplicó como modelo de acción política le cobraban incluso los suyos, al punto de colocar en las listas de congresistas a los hijos, sobrinos y otros cercanos parientes, intentando ganarse la lealtad de quienes incluso después terminaban por desertar de sus filas y lo acusaban con los peores epítetos.

Era un pillo de una política llena de picardías y de trampas. Él las conocía muy bien y sabía como hacer uso de ellas. Su ascenso militar y político estaba lleno de anécdotas donde se descubre la faceta de quien entiende que las normas son escritas sólo para violarlas y que hacerlo supone, simplemente, el triunfo del listo sobre el tonto. Interpretaba cabalmente el espíritu social de un país acostumbrado a no ser reglado y a entender que las normas están escritas para beneficio de quien puede interpretarlas a su antojo.

Indiciado en el magnicidio de José María Argaña y los violentos acontecimientos de marzo de 1999, huye primero a la Argentina y luego a Brasil para ser retornado por un secreto admirador: Nicanor Duarte Frutos es quien decide liberarlo para obstaculizar el ascenso de Fernando Lugo, el que en su condición de obispo y de político visitó varias veces a Oviedo en la prisión militar de Viñas Cue. El cegado Nicanor no sólo no impide el triunfo de Lugo sino que termina por favorecer con votos colorados descontentos al ex correligionario Oviedo.

Tirar los dados

El ex general siempre jugó a los dados de la vida, a veces ganó y en varias otras... perdió. Pedía algo que no daba: lealtad. Y se esmeraba en demostrar su gran capacidad de gestión al hacer de un pequeño partido una de las más lucrativas empresas políticas en democracia.

Lo movía ese esquivo poder que siempre lo tuvo cerca pero nunca totalmente. Era un buen gestor de hechos pero no podía concretarlos para su propio beneficio, porque finalmente su peor enemigo era él mismo. Excelente fabulador con ínfulas de heroísmo pero con notables carencias para convencer de sus verdaderas intenciones.

La percepción ciudadana era que mentía y que la democracia no era el espacio mas idóneo para el desarrollo de su visión. Hubiera querido un régimen distinto y no faltaron ocasiones para que afirmara que "el pueblo paraguayo no estaba listo para la democracia". Disfrutaba desde el poder de una megalomanía singular que lo llevó a construir un circo militar donde festejó un carnaval con el vestido del emperador Julio César y sus mejores generales desfilando en comparsas que recordaban los tiempos de la mafia en Chicago. Todo a la vista del gran público, sin ningún pudor ni limitaciones. Estaba por encima de las incoherencias e incongruencias. Encarnaba el sentido del ejercicio del poder en el Paraguay que pareciera ser más real en directa proporción a cuanto uno puede mofarse de la sociedad y de sus normas.

El destino de Oviedo es casi como una tragedia griega, donde los personajes saben que van a morir; ninguno lo quiere pero todos hacen algo para fallecer. Es como la fuerza, el sino que marcara un rumbo a pesar de su reticencia a admitirlo. La frase de su candidato a vicepresidente, AlbertoSoljancic, es oportuna para describir claramente esta situación: "vine con influenza de EEUU y eso me salvo de morir con Oviedo".